Denuncian cuarto de castigo en colegio; FGE abre cuatro carpetas

- Código rojo - 17 abril, 2026
PUEBLA, Pue., 24 agosto 2015.- Estudiantes de una escuela secundaria técnica del sur de la ciudad, se reincorporan las aulas luego de culminar el periodo vacacional de verano. De acuerdo con datos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) este lunes 24 del presente mes aproximadamente un millón 800 mil alumnos y 80 mil docentes de más de 13 mil escuelas públicas y privadas de la entidad poblana, inician el ciclo escolar 2015-2016. //Francisco Guasco/Agencia Enfoque//
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  • Padres revelan presunto cuarto oculto donde menores eran castigados durante años.

La apertura de cuatro carpetas de investigación por parte de la Fiscalía General del Estado de Puebla en el caso del Colegio Carrusel Magone no solo revela la posible comisión de delitos graves, sino que exhibe una cadena de omisiones que difícilmente puede atribuirse a hechos aislados.

Los testimonios de madres y padres de familia apuntan a un escenario aún más preocupante. El pasado 13 de abril denunciaron la presunta existencia de un “cuarto de castigo” dentro del plantel, un espacio que —según relatan— operó durante años sin que hubiera supervisión efectiva. La sola posibilidad de que menores fueran llevados a un lugar oculto para ser castigados rompe cualquier estándar básico de protección infantil y coloca a la institución bajo un severo cuestionamiento ético y legal.

A esto se suma la versión de que en dicho espacio habitaban personas ajenas a la escuela, lo que agrava el panorama: no solo habría prácticas indebidas, sino también una alarmante falta de control sobre quiénes tenían acceso a niñas y niños dentro del entorno escolar. Si esto ocurrió durante aproximadamente cuatro años, como señalan los denunciantes, el problema no es menor: es estructural.

Los señalamientos de maltrato —jalones, golpes y castigos como permanecer bajo el sol— refuerzan la idea de una cultura disciplinaria basada en la violencia. Pero lo más inquietante es el relato de los propios menores sobre una “puerta mágica”, donde eran llevados con antifaces. Este tipo de narrativas, más allá de su carga simbólica, sugieren prácticas que podrían implicar intimidación, manipulación o algo aún más grave.

La reacción institucional llega tarde. No solo se trata de investigar y sancionar, sino de reconocer que hubo señales ignoradas. La escuela, como espacio de resguardo, parece haber fallado en su función más elemental: proteger. Y mientras las autoridades avanzan en las indagatorias, queda una pregunta inevitable: ¿cuántas alertas tuvieron que acumularse antes de que alguien decidiera actuar?

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