La Mixteca poblana volvió a despertar con otra escena marcada por la violencia. Esta vez fue en Xayacatlán de Bravo, donde el cuerpo sin vida de un hombre apareció abandonado, maniatado y con visibles huellas de tortura, un hallazgo que no solo estremeció a los habitantes de la región, sino que volvió a exhibir el deterioro de la seguridad en varios municipios del estado.
El cadáver fue localizado cerca de la carretera hacia Coyotepec, en el punto conocido como Puente de Lobo, en la Segunda Sección del municipio. Policías municipales encontraron a la víctima durante un recorrido de vigilancia, tendida sobre un terreno baldío. Al acercarse confirmaron que el hombre ya no tenía signos vitales y presentaba golpes, quemaduras y señales claras de violencia extrema.
Aunque la Fiscalía General del Estado inició las diligencias correspondientes y abrió una carpeta de investigación, el caso se suma a una lista cada vez más larga de homicidios violentos registrados recientemente en Puebla, particularmente en regiones donde la ciudadanía percibe una creciente presencia de grupos criminales y una débil capacidad de reacción institucional.
La preocupación ya no radica únicamente en el crimen en sí, sino en la frecuencia con la que estos hechos comienzan a repetirse. Cuerpos abandonados, ejecuciones y ataques armados dejaron de ser sucesos aislados para convertirse en episodios recurrentes que generan miedo, desconfianza y una sensación constante de abandono entre la población.
Mientras las autoridades anuncian operativos y refuerzos de seguridad, los resultados siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del problema. En muchas comunidades, la percepción es que la violencia avanza más rápido que las investigaciones y que la impunidad continúa siendo terreno fértil para que estos delitos se multipliquen.
El caso de Xayacatlán no solo retrata un homicidio brutal. También refleja una realidad incómoda: regiones enteras de Puebla comienzan a acostumbrarse a convivir con escenas que hace algunos años parecían impensables.
